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lunes, 17 de noviembre de 2008

URGIDO POR EL AMOR. AMOR DE CRISTO AMOR A CRISTO

Urgidos por el amor. Amor DE Cristo, amor A Cristo.

¿Nos ama Jesucristo?... -¡Vaya pregunta!, me dirán ustedes. El Corazón más grande que existe, ¿no nos va a amar?... Y ahora hago la otra pregunta. ¿Amamos nosotros a Jesucristo?... -¡Otra que tal!, me responden ustedes también. Si no amamos a Jesucristo, ¿a quién vamos a amar? Que somos unos malditos, ¿o qué?...

¡Bueno! Vamos a quedar todos en paz, pues ya se ve que las preguntas son didácticas, pedagógicas, sólo para enseñar y aprender. Ese amor de Jesucristo a nosotros, y el amor nuestro a Jesucristo, lo queremos mirar hoy a la luz de las Cartas de San Pablo, el gran conocedor y el gran amante de Jesucristo.

Me inspira el tema de hoy esa maldición tan llena de cariño y simpatía que lanza Pablo al acabar su carta primera a los de Corinto:

Que sea maldito quien no ame a nuestro Señor Jesucristo” (1Co 16,22)

Cuando pensamos sobre este amor, pasamos, sencillamente, un rato delicioso, y es lo que vamos a hacer hoy: entretenernos con dichos de Pablo que nos hagan disfrutar con el amor más bello que existe.

Pablo exclama enajenado en esta carta segunda a los Corintios:

“¡El amor de Cristo nos urge!”, nos apremia y no nos deja nunca quietos (2Co 5,14)

Siempre estamos pensando en lo que Jesús nos quiere, y siempre estamos cavilando a ver cómo amaremos más a Jesús y haremos algo por Él.

Pero, preguntamos: cuando habla Pablo de este amor de Cristo, ¿de qué amor habla, del de Cristo a nosotros o del nuestro a Cristo? Es el mismo amor. Jesús nos ama, derramando en nuestros corazones su Espíritu, y con su Espíritu amamos también nosotros a Jesús.

Con las Cartas de Pablo en la mano, vamos a la pregunta primera: ¿Nos ama Jesucristo? Y Pablo nos responde con expresiones que se nos clavan en la mente como cuñas. Les dice a los de Éfeso: “Cristo nos amó, y se entregó por nosotros en sacrificio” (Ef 5,2) Pero Pablo detalla mucho más. No se contenta con decir: “Por todos”, por la humanidad entera. Pablo se emociona, y particulariza: “¡Cristo me amó, y se entregó a la muerte por mí!”(Gal 2,20) “”Por mí”, nada de “por todos” en general. Por mí, como si en su mente divina y ante sus ojos no estuviera más que yo.

Y me amó a mí, y nos amó a todos, a pesar de lo que éramos: malos de verdad. Jesucristo no se tiró para atrás, y Pablo pondera la generosidad inmensa del Señor: -Cristo murió por nosotros, impíos. La verdad es que apenas se encontrará quien se atreva a morir por una persona buena. Pero lo grande es que Cristo murió por nosotros siendo peca-dores, ingratos, odiosos (Ro 5,7)

¿Nos ama Jesucristo?... Si Jesucristo no nos amara, diríamos que habría dejado de amarse a Sí mismo. Le preguntamos a Pablo el porqué, y nos responde con palabras profundas. -Porque Cristo vive de tal manera en nosotros y nosotros en Él, que Él y nosotros somos un mismo y un solo Cristo, como dice a los de Roma: “Somos muchos, pero entre todos no formamos sino un solo cuerpo en Cristo” (Ro 12,5) Jesús es la Cabeza, nosotros los miembros, pero Jesús y nosotros no formamos sino un solo cuerpo, el Cuerpo Místico de Cristo. Y quien es la Cabeza, ¿puede descuidar uno solo de los miembros del cuerpo, sin que lo quiera, lo cuide, lo mime, lo defienda, los cure, lo honre?... Es imposible que Jesucristo olvide y deje de amar uno solo de sus miembros. Sería como decir que Jesucristo no se cuida de Sí mismo. No hay cristiano que no esté adentrado en lo más íntimo del Corazón de Jesucristo.

¿Nos ama, entonces, Jesucristo? La pregunta sobra por completo. Jesucristo es el mayor amador que existe.

Viene la otra pregunta: ¿amamos nosotros a Jesucristo? ¿lo amamos al estilo de Pablo?... Hablemos primero de Pablo. Y empiezo contándoles una curiosidad, un capricho que he tenido para esta charla. No soy el primero que ha tenido ese capricho, pero hoy lo he realizado por cuenta mía: he con-tado las veces que Pablo, en sus trece cartas, saca el nombre de Jesús en sus diversas formas: Jesús, Cristo Jesús, Jesucristo, el Señor, y demás…

He tomado para ello la nueva Biblia Vulgata, en latín, la oficial de la Iglesia. Pues bien, si no me he equivocado, saca Pablo el nombre de Jesús en las trece Cartas 576 veces, y suben a 603 si añadimos la de los Hebreos, que es de algún discípulo de Pablo, aunque en ella lo cita sólo 27 veces, muchas menos de lo que es habitual en Pablo, lo cual quiere decir que no fue Pablo el autor de esa carta.

Entre tantas maneras como Pablo cita a Jesús, la forma más usada es “Cristo”, con 219 veces, seguida de “El Señor” con 149. Y siguen “Cristo Jesús”, “El Señor Jesucristo”, “Jesucristo”, “El Señor Jesús”, y otras como “El Hijo”, y una tan bonita como ésta: “El Amado”…

¿Sabemos lo que indica el que Pablo ponga el mismo Nombre del Señor 576 veces en sólo trece cartas?... Un hecho semejante quiere decir que Pablo era un enamorado tal de Jesús que no tenía otra idea en su cabeza ni otro amor en su corazón sino sólo JESUS; y que al hablar y al es-cribir era un torrente que soltaba impetuoso el nombre del Señor Jesús. Jesús le llenaba a Pablo la vida entera.

Vienen entonces esas expresiones de Pablo que hemos traído tantas veces ya en nuestras charlas, y que las volveremos a repetir otras tantas veces más. “Mi vivir es Cristo” (Flp 1,21) “Vivo yo, pero es que no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20) “Todo lo tengo por mera basura, a trueque de ganar a Cristo” (Flp 3,8) Y nos dice a todos, como a Timoteo: “¡Acuérdate siempre de Jesucristo!” (1Tm 2,8) Nada digamos, finalmente, de su arrebatada protesta: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?... ¡Nada ni nadie podrá arrancarnos del amor de Dios que está en Cristo Jesús” (Ro 8,39)

El amor de Jesucristo impregna la vida cristiana entera. El que más ama a Jesucristo es el más santo y el que más trabaja por el Señor y por el Reino. Basta mirar a Pablo para convencerse de ello. Jesús dijo que “todo lo iba a atraer hacia Sí”. ¡Y a fe que lo ha conseguido bien! Nadie ha amado como Jesucristo, pero tampoco nadie ha sido ni será amado jamás como Jesucristo el Señor…

sábado, 15 de noviembre de 2008

EL CAMINO MAS CORTO

El camino mas corto

Así lo dijo San Luis Grignon de Monfort, que el camino más corto para llegar a Jesús es a través de la Virgen. Yo quiero darles mi propio testimonio al respecto, porque lo he vivido en forma literal, en carne propia.

Si bien había tenido una educación en la fe en mi infancia, salí de la adolescencia habiendo olvidado totalmente mi religiosidad, mi espiritualidad. La enterré bajo toneladas de vanidades mundanas, anhelos de cosas vacías, una vida sin sentido espiritual.
En este olvido de Dios transité más de dos décadas de mi vida, hasta que llegada la barrera de los cuarenta años me encontré enfrentado a una secuencia de calamidades personales, siendo la más conmocionarte una enfermedad que puso a riesgo o bien mi vida misma, o bien mi capacidad de una sobrevida normal.

Esta sacudida de mis cimientos me hizo circular un año en búsqueda de una nueva forma de vivir, de corregir lo que estaba mal en mi vida, sin advertir que era Dios quien me estaba llamando con Su sutil Palabra, a través del dolor.

Primero fue la Virgen la que hizo un ingreso fulgurante en mi realidad, sin saber siquiera yo quien era Ella. Pero en poco tiempo me enamoré perdidamente. ¿Quién es esta mujer, esta Niña-Madre que me llama de este modo? No podía comprender como en tan poco tiempo se había instalado en mí ese deseo de conocerla, de saber más sobre Ella. No había día en que no se presentara ante mi alguna referencia a su existencia. Joven, buena y llena de sabiduría, me llamaba.

De inmediato quise conocerla, empecé a buscar y leer escritos sobre Ella, a aprender de sus manifestaciones a través de los siglos, a su silenciosa pero fundamental presencia en los Evangelios. Alguien me dijo, tienes que rezar y meditar. ¡Pero si yo no sé hacerlo! De un día para el otro me encontré rezando el Santo Rosario a diario, mientras lloraba inexplicablemente cada vez que lo hacía. Era como liberar años de olvido, de desconocimiento, mientras una emoción interior incontenible me decía que si, que era eso lo que Ella quería.

En estos momentos me sentía absorbido por el amor que nacía en mí, pero algo me decía que había alguien más. Era Jesús, un Jesús totalmente desconocido para mí. ¿Quien es aquel que quiere robarme este amor por mi Madrecita del Cielo? Un Jesús distante, lejano, se dibujaba en el horizonte. Yo seguía mirando a María, pero Ella seguía hablando en cada texto, en cada oración, de Jesús.

Entonces, como empujado por la mano de la Niña de Galilea, empecé a querer saber de El. Poco a poco fui viendo el Rostro del Señor en cada rezo, en cada palabra que la Virgen ponía en mi camino. Jesús fue creciendo, acercándose, hasta que un día me encontré frente a El, a Su Estatura Divina.

María, entonces, se hizo a un lado y me dejó a solas con el Señor. Cada oración, cada lectura hizo centro en las Palabras de Jesús, mi Jesús. De a poco se presentó a mi alma como un Hermano, luego como un Amigo, para finalmente hacerme comprender que es infinita Su Divinidad. El abrazo de Jesús se hizo oración, se hizo meditación, pensamiento, deseo de conocerlo más y más. Nada quedaba de ese amor inicial por María, había sido superado por el amor a Jesús, un amor grande, redondo, completo, insuperable. María parecía estar a cierta distancia, sonriendo feliz de haberme llevado a El. Aprendí a orar dialogando con el Señor, compartiendo con El mis miedos y angustias, mis alegrías y sueños.

Pronto pude dimensionar mi amor por Jesús, y mi amor por María, unidos indisolublemente. Ella no puede ser pensada si no es junto a El. Mi amor inicial por la Virgen encontró su sentido, un sentido Cristocéntrico, perfecto. Pero estos giros de mi alma alrededor de Jesús y María me empezaron a mostrar que había algo más, algo que ellos compartían, como un tesoro que Ambos abrazaban y protegían. Curioso por saber de que se trataba, me encontré con la Eucaristía, y con la Iglesia toda. Llegué a la comprensión de lo que es la Iglesia por un camino espiritual, desde las suaves y firmes Palabras de Jesús y María. Las Escrituras adquirieron sentido, cerrando este círculo perfecto. La Iglesia se me presentó como el más maravilloso puente entre el Cielo y la tierra, entre espíritu y humanidad.

Mi amor por la Iglesia, de este modo, nació del amor inicial por María, que me llevó a Jesús, Quien me llevó a los Sacramentos, fundamento de la Iglesia toda. Círculos de amor, concéntricos, que se fueron acercando a un maravilloso conocimiento del tesoro que albergamos, la Santa Iglesia. Iglesia que es espiritual, pero construida en la tierra. Iglesia que es hombres, pero alimentada por el Espíritu Santo en sus venas vigorosas. Las caras humanas de la Iglesia, que somos nosotros mismos, me parecieron entonces nada, comparadas con la realidad espiritual que la sostiene. Con sólo pensar en Quien habita en el Sagrario, mi concepción de la Iglesia se torna luminosa, eterna, indestructible por más que el hombre se empecine, equivocado, en dañarla.

Hoy, varios años por delante de aquellos momentos en que María golpeó a mi puerta, puedo ver a las claras el Plan de Dios en mi vida. María fue el puente, porque Ella se podía presentar a mí de modo cercano, para enamorarme. Pero la Reina de los corazones, la Estrella de la mañana, no se iba a detener allí. Rápida y fulgurante fue su mirada al señalarme a Dios como mi destino, Dios que es el Padre Bueno que la Creó, Dios que es el Espíritu que la alimenta, y Dios que es Su Hijo, nuestro Hermano y Salvador.

La misión de María se fue desenrollando ante mi como un tapiz que rueda frente a mi vista, mostrándome ante cada giro un poco más del diseño que esconde. Sólo cuando el tapiz estuvo totalmente extendido frente a mí fue que pude ver lo que Ella vino a traerme: La Jerusalén Celestial, que alberga a Dios Uno y Trino, junto a Santos y Ángeles, Jerusalén que es la Iglesia luminosa que nos llama, promesa de Reino.

La Eucaristía, con el Rostro de Cristo en su centro, domina a esta Ciudad Maravillosa a la que somos llamados. Allí hay una habitación preparada para cada uno de nosotros, un espacio para vivir una eternidad de felicidad y adoración. María, de este modo, se nos presenta como el camino más corto y simple para encontrar esa habitación, pese a las innumerables dificultades que nos esperan en esta vida.

¡Gloria a Dios por haber concebido un Plan tan maravilloso

viernes, 14 de noviembre de 2008

EL MUNDO GIRA, Y LA CRUZ PERMANECE EN PIE


El mundo gira, la cruz permanece en pie

Los cartujos adoptaron en sus monasterios un lema que conserva toda su fuerza: “Stat crux dum volvitur orbis”: la cruz permanece en pie, mientras el mundo gira.

Las crisis económicas, las catástrofes por terremotos o huracanes, las desgracias que surgen con las guerras y la delincuencia, recuerdan a cada generación una verdad que olvidamos en los tiempos de bonanza: nada en el mundo permanece, todo lo material y humano está sometido a la ley del cambio.

La cruz de Cristo, sin embargo, conserva la vitalidad y la fuerza de su mensaje para cada generación, para cada pueblo, para cada persona, para cada circunstancia de la vida.

Porque en medio de las guerras y los crímenes la cruz consuela a las víctimas e invita a los verdugos al arrepentimiento.

Porque en los periodos de sequía y de hambre la cruz mueve los corazones para que sepan compartir sus alimentos (pocos o muchos) con quienes viven en medio de la miseria.

Porque en los momentos de bendiciones y de paz la cruz invita a no apegarnos a lo pasajero y a usar del dinero y de los bienes materiales para compartirlos con los más necesitados.

Porque en los tiempos de crisis y de bancarrota la cruz permite mirar hacia el cielo y reconocer que en el dinero no lo es todo.

Porque en la hora de la enfermedad y de la muerte la cruz consuela y acompaña al enfermo y a sus familiares y permite emprender la última travesía agarrados a un madero de esperanza, según una famosa expresión de san Agustín.

Porque, en definitiva, lo único importante en la vida humana, con sus penas y sus alegrías, sus fiestas y sus funerales, consiste en dejarse abrazar por Jesús el Nazareno, en acoger su Sangre bendita, en suplicarle el perdón de nuestras culpas, y en ofrecerle un gesto de caridad en quienes lo necesitan: los enfermos, los pobres, los ancianos, los desilusionados por los mil avatares de la vida.

El mundo gira y cambia, la cruz sigue en pie. Vale la pena recordarlo, mientras miramos a un crucifijo y le pedimos al Señor que sea nuestro Camino, nuestra Verdad, nuestra Vida, en el tiempo y en lo eterno.